lunes, octubre 10, 2005

Ansiolíticos de corazón

Cada noche me duermo un poco más tarde; y también un poco más solo. Conducir demasiado rápido tiene sus desventajas... llegas a los veintitantos sintiéndote un cuarentón fracaso.
Enciendo un cigarro (raspa mi garganta), abro un libro (no tengo ganas de leer) y espero a que el tiempo pase (nunca pasa lo suficientemente rápido).
Todos los días me encierro en este cuerpo de masoquista; subo la cremallera hasta crubrir mi cara desfigurada. Y los días pasan leves, sutiles, envejeciéndome prematuramente en ésta estúpida carrera de ratas... sólo que a veces creo que corro en dirección contraria.
Llega la noche y me sorpende aún dormido. Trato de escribir una excusa que justifique mi existencia (aún no se me ocurre una buena), elaborar un epitafio decente; pero todo lo que quiero escribir ya está escrito. Tomo el teléfono buscando a alguien (no hay nadie) y prende la tele con la esperanza de encontrarme a mí mismo (hola mamá); pero en este juego de espejos los reflejos no se parecen.
Me pierdo en pasillos demasiado largos. Gasto mi tiempo saludando demasiada gente. Duermo poco y paso las noches en vela, esperando iluminación divina (dios no paga la luz). Creo que necesito terapia (electroshock); una que me entretenga, que me haga reír, que me haga sentir interesante: enfermo: único... todo lo que ya no puede ser uno a los veintitantos años.
Debería desear un coche último modelo, mandar mensajes desde un celular con cámara, ir cada noche a un antro diferente, probar la textura de nuevos labios, reír, sonreír, pasármela chévere (aún no sé que significa eso, pero lo dicen mucho)... y no desperdiciar lo poco que me queda de vida corrigiendo tareas insulsas, cobrando sueldos miserables, leyendo libros que no me interesan y aparentan (¡Oh, dios, aparentando!) que soy lo suficiente autosuficiente como para considerar suficiente lo insuficiente que es mi vida.
Adiós yo, mucho gusto Ribotril.

1 comentarios:

Medeo Mandarino dijo...

Don Cobayo: qué le digo. Qué le puedo decir. Lea En busca del tiempo perdido. Si por Unterhaltung llora, ahí lo tiene: nunca una jota adoró tanto otra como cualquier proustmaniaco a Proust... tantos años muerto y sigue chichifeando. Super boni la existencia aparte, no se nos suelte: hasta donde recuerdo, el cielo no se cae en Cholula.
Medea, la de las noches de seis horas